¿Por qué callar si nací gritando?

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viernes, 22 de enero de 2016

La ciudad de los feos





No hay un hombre más afortunado que Arturo. Ve pasar a una chica guapa, le dice hola y la enamora. Así de simple, facilito. Va por las calles con naturalidad, con ligereza de me importa un pepino si el mundo se destruye en este instante, y las chicas caen rendidas, babeando, porque él las saluda con sonrisa matadora, como de galán de telenovela, de actor de cine, de monaliso.

Repito, no hay un hombre más afortunado que Arturo, que Arthur para las amigas y los conocidos, porque en inglés es más chévere, más pajita pulenta, más en onda. Nosotros, los demás hombres de este barrio, le tenemos envidia, y las mujeres le tienen ganas. Creemos que debe ser un semidios, como el tal Aquiles, por lo de semental y bello… ¡qué digo bello!, hermoso.

No hay negación que valga, ese tipo ha nacido con la dicha de poseer una belleza inigualable, tanto así que en esta ciudad todos parecemos feos porque Arthur nos opaca. Sin embargo, lo que Arthur no sabe es que su suerte está por acabar, porque no se puede ir de pindingo toda la vida, agarrándose a la mejor falda que se le cruce por el camino. Además -y sobre todo- porque ha cometido el groso error de levantarse a la hija y a la esposa del coronel Landa y no contento con eso se ha cogido a la sobrina del juez Morales, a quien todos le tenemos ganas, pero la cosa no termina ahí, no, no, no, Si tuviera que enumerar a todas las féminas solo bastaría con restar a las ancianas y a las niñas de la ciudad, y a Rosa que es lesbiana, y a Daniela que es lesbiana asolapada y novia de Rosa.

Por eso todos los feos de esta ciudad, incitados por el propio coronel Landa y por el juez Morales, han decidido hacer justicia por sus propias manos, esta noche irán hasta la casa de Arthur a darle una pequeña lección, a enseñarle que los feos son mayoría y que a ellos se les respeta. En esta civita de andar enclenque no se tolera tanta belleza y menos tantos cachos.

Por supuesto que yo también he ido, no por ser feo, sino porque al igual que los católicos que en tiempos de la santa inquisición se regocijaban con las ejecuciones de los blasfemos, yo quiero regocijarme con el escarnio del hombre más hermoso que ha podido engendrar esta tierra. Yo voy por pura curiosidad.

Tienen que verlo con sus propios ojos, tienen que verlo, las mujeres han salido a proteger a Arthur, formando una muralla frente a su cuerpo. Pero por las huevas es, han salido corriendo al ver que el coronel Landa ha desenfundado su pistola, es una Glock de 9 milímetros, traída de la mismísima Australia, así vocifera Landa que apunta al cuerpo de Arthur con la mano firme y con el dedo índice acariciando el disparador. ¡Pero qué tonto es Arthur!, que chistoso se ve, ha comenzado a temblar como las gelatinas desabridas que vende doña Milaura ¡pero qué gracioso es!, suda como alumno de colegio primario ante su primera exposición. Arthur suda y suda como si estuviera en el infierno y en verdad lo está, ha comenzado a pedir clemencia – ¡Clemencia mis cojones! – Grita el juez Morales.

¡Qué torpe es Arthur!, se ha orinado frente a todos los feos, como un niñorecién nacido, como un viejo con incontinencia renal. El coronel, que no tolera mariconadas, le ha apuntado en la entrepierna y todos los feos se han reído.

¡Pobre Arthur! murmura uno de los feos. ¿Pobre?, ¡POBRE MIS COJONES!, ha replicado el juez Morales incitando al coronel a que dispare de una vez. Por fin ¡blooommm!, luego silencio. Un balazo directo a los testículos. Yo me agarro, me cubro, me protejo los huevos por inercia, los feos también, porque a pesar de ser feos, son hombres. El hombre más hermoso de la ciudad grita, llora y se desangra a chorros bajo su pórtico, observando con un horror macabro sus propios testículos inmóviles, fuera de su escroto, estáticos sobre la acera. Todas las mujeres de la ciudad se han acercado nuevamente, pero esta vez no a protegerlo, sino a llorar con él, porque saben que Arthur ya no volverá a ser hermoso, porque por las puras es un hombre con la cosa cercenada. Los gritos duran toda la noche, las mujeres se quedan a su lado hasta que ya no hay sangre en su cuerpo, ni aire,

ni vida. Yo en casa pienso que no hay un hombre más desdichado que Arturo, que Arthur como le decían sus amigas y conocidos, porque en inglés era más chévere, más pajita pulenta, más en onda. Tengo miedo, a decir verdad tengo pánico, me he escondido bajo la cama con un montón de frazadas porque yo también tiro mi pinta, para desgracia tengo mi gracia, mi sexapil. Lo bueno y lo único que me consuela es que los feos aún no se han dado cuenta y creo que las mujeres tampoco, y eso es raro, rarísimo. Ojalá que nunca se den cuenta de lo hermoso que soy, sino estoy frito pescadito.



lunes, 24 de marzo de 2014

Recuerdos para vomitar

Llueven en tu garganta
los cadáveres
de quienes te amaron,
como la hostia de un genocidio
sentimental

Famélico

Crecen árboles en su estómago,
con flores que caen en otoño
y nunca dan frutos.
Los árboles también lloran,
se ahorcan
y no terminan de morir.
Promesas no son alimento,
por eso ladran las tripas
desoladas bajo esa boca
que nada sabe
sino masticar un montón de aire
y apenas le sirve para vivir.
Lápidas de esperanza
adornan el cementerio
de los apenes.
“Igual que ayer,
hoy tampoco se come”,
ladran las tripas desoladas
sobre los árboles sin frutos,
ahí en el estómago,
donde no hay novedad.



martes, 11 de marzo de 2014

Carta de un joven bibliotecario


Anabella, has decidido marcharte y no puedo hacer nada para evitarlo. Contigo se van todos mis espermatozoides muertos, tu cuerpo será su cementerio. Recuerdo que un día te dije que yo sería tu manicomio, que ibas a habitarme. Mentí. Tu ropa aún está en el cajón de mi armario, ordenada con esa compulsiva manía tuya que altera mi desorden. Las fotografías que un día eternizaron la burla que le jugábamos al tiempo esperan por ti. No me dejes ninguna porque es posible que se empolven y se conviertan en cenizas, como nuestro amor.

A pesar de que es mío, dejaré que te lleves a Einstein. Se ha encariñado más contigo que conmigo. Trata de cuidarlo y estar pendiente de él porque ahora sólo ladra para comer y es posible que no te alerte si hay alguien husmeando en tu nuevo hogar. Pierde cuidado, Einstein te seguirá a todos lados. Sí te será fiel, como tanto querías que yo lo fuera. Sé que mi lealtad no te bastó y que es inútil hablar de eso.

Puedes llevarte la cocina que para nada me sirve, sino para quemar el alimento. También el microondas. Como bien te has podido dar cuenta, prefiero las cosas frías, pero no los momentos. Sobre el escritorio de mi oficina están todas las cartas que te escribí cuando me era imposible verte. Tus padres tuvieron algo de razón con la opinión que habían forjado sobre mí: “es un espécimen raro”.Jamás te entregué esas cartas y si no me he deshecho de ellas es porque son tuyas. Creo que mereces tener la opción de leerlas a destiempo o rompérmelas en la cara.

El “no me olvides” que plantaste en el jardín ha crecido tanto que resulta ridículo pensar que lo podrás transportar, pero por las dudas he comenzado a cavar hondo por si luego te animas a plantarlo en otro lado.  En toda la casa se encuentra impregnado el olor de tu perfume, no sé cómo harás para llevártelo. Esa es una encrucijada que me altera el cerebro. 

Anabella, puedes llevarte los recuerdos, las caricias y borrarlas con el danzar imparable de las manecillas del reloj. Tienes todo el derecho, el absoluto derecho, de coger el repostero, la cama donde resucitábamos, el caramelito de limón que me regalaste y que aún guardo bajo mi almohada porque según creía me daba suerte. Posees la libertad de asir los muebles, las ollas, los candelabros y con ellos la luz del hogar.

Puedes llevarte la casa entera si quieres, o si prefieres ladrillo por ladrillo y cada parte de mi corazón. Pero tan sólo te pido, te imploro, que no te lleves mis libros, ¡Mis libros no, por favor!; que Vallejo, Bukowski, Baudelaire, Martín Adán, Antón Chejov y Blanca Varela se queden conmigo. Que “Cien años de soledad” conserve sus páginas completas, que Leopoldo María Panero siga siendo el mismo loco que sale de las hojas para follarme la mente con sus versos, que Isabel Allende me cautive con la sensualidad de sus textos. ¡Maldita sea! que ni se te ocurra llevar escondida entre tus ropas a Remedios, la bella; a Don quijote; ni a Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; ni a“Pichulita” Cuellar; ni a Lolita, la ninfa de su padrastro; ni a Jean Baptiste Grenouille, quien tenía un olfato prodigioso y una mente perturbada; ni a  Penélope, la amante fiel; ni a Madame Bovary, que es todo lo contrario. Porque puedes llevarte todo, todo, menos mi vida. Porque sin la literatura estoy jodido, acabado, muerto y sin opción a reencarnarme ni siquiera en un analfabeto. ¡Con mis libros no!, ¡No, por favor!

lunes, 10 de marzo de 2014

La condena de los últimos hombres


Podrán cortar el último árbol del mundo pero su raíz quedará incrustada en las grietas de la tierra como evidencia de que alguna vez existió. Serán pocos los habitantes que tendrán el exquisito privilegio de saber cuál es el olor de una rosa, una orquídea o  un girasol. Para la gran mayoría, el único aroma natural que olerán será el de sus propios cuerpos sudorosos. Las únicas flores que existirán serán las plasmadas en pinturas o en fotos de libros abandonados. Las  personas comprenderán, con una nostalgia ajena, que era la época en que los colores cálidos cubrían nuestro planeta. Lejos de las ciudades ya no resaltarán los paisajes de campos verdes; por el contrario, sólo habrán bosques de concreto y muladares por doquier.

El dinero y los metales preciosos servirán tan solo para ser detestados, pues la cruel ambición desmedida de los hombres ocasionará la irremediable apertura de la destrucción. Las monedas quedarán como el fetiche coleccionable de un tiempo en el que el dinero valía más que la propia vida. Los ricos, muy tarde, entenderán que el dinero no sirve para ser comido, que las diferencias de clases son un ideal absurdo cuando todo el mundo muere de hambre, y que el poder tiende a embriagar  las mentes para maquinar ideas despiadadas.

La muerte recorrerá las calles llevándose a los débiles. La inanición invadirá a los habitantes de todos los continentes. El tiempo aproximado de vida de una persona se reducirá radicalmente. Los pocos animales aún vivos, estarán iguales o más desnutridos que los hombres, y éstos últimos devorarán hasta sus huesos como alimento. Por fin llegará el momento en que todos los humanos se miren entre sí y no se encontrarán diferencias, pues todos por igual pagarán las consecuencias de sus antepasados, quienes no supieron respetar a la naturaleza.

Será un tormento estar consciente, pues el calor caerá como un martillo sobre las cabezas de las personas. La capa de ozono será un guiñapo, el sol un láser inclemente y la lluvia ácida una consecuencia devastadora. El agua, aunque contaminada, será el nuevo oro, y el conseguirla producirá el caos total.

Los hombres se preguntarán por qué las antiguas generaciones -a pesar de haber tenido un acelerado desarrollo tecnológico- no se preocuparon por la preservación del medio ambiente y sin darse cuenta asesinaron con lentitud a nuestra madre tierra. Por qué renunciaron al romance  entre los seres y la naturaleza, limitando la prolongación de su propia estirpe. Se harán una y mil preguntas y sólo obtendrán como respuesta el lamento de la tierra cansada de llorar.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Cursi - besos bajo la lluvia

Desvelaban los bordes de sus pétalos
- como el insomnio de la orquídea -
En las madrugadas
en que las nubes cortaban cebollas

martes, 4 de diciembre de 2012

Oración de salud

¡Oh cerveza!
bendita seas
entre todas las bebidas,
bendito sea el fruto
de tu alcohol sobre mi cuello
pero por debajo
de todos mis cabellos.
Ahí en el seso,
en mi pobre masa cerebral.

sábado, 27 de octubre de 2012

Marlon el fujitivo



-¡Que te vas pa´ la mismísima mierda, concha tu madre!

¿Concha tu madre?... y se estaba insultando a sí mismo. Parecía estar a punto de rendirse pues las lágrimas no esperan nueve meses a nacer. En cuestión de segundos parpadeó intentando reprimir sus nacimientos encarcelándolas en sus ojos. La furia le había cegado la mente, no le dejaba organizar las ideas. Sólo atinaba a lanzar una serie de improperios mentando a la madre de su único hermano, que a su vez venía a ser su propia madre.

-Sí huevón, te la pegas de payaso. ¡Ya deja de reirte mieeerrrda!- Había gritado al extremo de quedarse afónico. Y pensar que casi lo consigue.

Por esos tiempos Marlon apenas tenía ocho años de edad pero se veía de seis y se comportaba de cuatro. Era un fiel partícipe de las temporadas de juegos infantiles creados por varones para varones porque “ni ca… chocherita” jugar con mujeres, ´tas huevón y si después lo molestaban al pobre churre con alguna fulana, eso si que no.

A esa edad todavía no se tiene hembrita, piensa, a esa edad se compite contra las mujeres. Cada quien con su grupo, con su género. Si hasta en los felices cumpleaños a los que él asistía no era necesario ser adivino para saber que los niños se iban a atrincherar en un lado y las mujeres en otro, pero esa indigna actitud de todo lo contrario a un caballero era contrarrestada casi siempre por alguna señora regordeta y bonachona que desquebrajaba las corazas de los churres y los ponía a bailar al ritmo de "el gato volador" u otra canción de moda. Al fin y al cavo él y su hermano Oscar, junto con los chicos de la cuadra siempre terminaban moviendo el esqueleto porque sino no había torta, tampoco regalo sorpresa y ahí si estaban fritos pajaritos.

- Eres un tramposo, siempre quieres ganar- Continuaba Marlon

Como decía: Hombres con hombres, mujeres con mujeres. La excepción nacía sólo cuando se juntaban para jugar mata cholo o a las empuñadas. Pero eso si: “La dan los hombres eh”, decían las mujeres.

En aquel verano ya había pasado de moda la temporada en que las manos enrollaban con madeja los trompos bailarines para después ser destruidos. En el barrio de Cossio del Pomar y al rededores se vivía la fiebre de los que un día fueron los primeros taps, esos que venían con las imágenes de pokemón y que solamente podían ser adquiridos si se compraba una determinada marca de chisitos. ¿Quién quería los chisitos? todos los compraban únicamente por los taps, de esa manera en ese año no fue raro ver a los churres de la cuadra pidiendo cincuenta centavos a sus mayores para poder realizar sus adquisiciones respectivas.

-Si vuelves a hacer trampa te meto un peñonazo, ya te dije y ya juega, juega que a las finales trampas y caras salen- Le advirtió Marlon tratando de moderar su rabia mientras Oscar se quejaba de su actitud y le decía: “Más lo que lloras como nena”

A la par con la fiebre de los taps regresaba el juego de las canicas, inexorable a los vestigios de las nuevas modas incorporadas a la etapa de la niñez. Los chicos del barrio comenzaron a competir entre sí para ver quienes tenían más bolinchas. Disfrutaban cuando quiñaban alguna, cuando daban un pepo y ganaban el juego. Sacaban pica a sus rivales, se reían cada vez que conseguían muchas victorias y se enfurecían cada vez que perdían.

Fue en ese verano vacacional en el que Marlon se convirtió prácticamente en un coleccionador obsesivo de canicas. En casa había atiborrado decenas de botellas de gaseosas, llenándolas de dichas esferas. Poseía una gran cantidad de bolinchas lecheras, y una mínima de quiñadas. Tenía en sus manos una puntería fenomenal con la cual ganaba más juegos y por lo tanto conseguía aumentar de un modo incontable el número de nuevas esferitas de diferentes colores pero de igual tamaño.

-¡Pepo carajo!- Celebró Oscar en la cara encolerizada de su hermano.

- Eres un lechero... nada más- Le respondía Marlon con la sangre hirviendo a la par que se mordía una uña.

Cierto día muy similar a los demás Oscar, su hermano mayor, también se sumergió en el adictivo mundillo del juego de las canicas. Comenzó a ganar tantas de un modo consecutivo que de un momento a otro logró tener más de un centenar. Así, primero de una en una y luego de decenas en decenas, llegó al punto de estar tan cerca de igualar a su hermano quien misteriosamente había extraviado un par de botellas repletas de canicas.

El auge inesperado de Oscar y el supuesto extravío de la valiosísima propiedad de Marlon hicieron que los chicos del barrio conjeturaran la idea de que Oscar le había robado descaradamente a su hermano.

De los chicos del barrio también nació la idea de que los hermanos se enfrentaran en un duelo para medir sus habilidades en el manejo de las canicas. Jugarían todo el día: de diez de la mañana a diez de la noche. Sólo pararían para ir a almorzar o para ir a orinar al árbol de la casa de la señora Angelita, una vieja solitaria y malhumorada a la que le habían declarado la guerra. Quien obtuviera más canicas del otro sería el ganador.


Fueron largas las horas en que las canicas no dejaron de rodar sobre la tierra. Todos los chicos del barrio se habían reunido en la cuadra de los hermanos enfrentados. Uno tras otro pepo se escuchaban y unas tras otras canicas se apostaban. Los chicos del barrio se mostraron inconformes al observar que prácticamente seguían empates. No estaban dispuestos a tener un empate como resultado final por lo que a alguien se le ocurrió la loca idea de que apostaran todas las esferitas que tenían en un único juego.

-Todo o nada- Sentenciaron los chicos del barrio y todo o nada se jugó.

Fue allí cuando la situación llegó a su punto más crítico. Ninguno de los dos podía fallar. Quien chocara su canica con la del otro ganaría todo, absolutamente todo y el perdedor no solo se quedaría sin sus esferitas sino que también la fama atribuida de “el mejor de los mejores en el juego de las canicas” quedaría solo en una especulación y sería olvidada al igual que la especulación misma.

Las manos le empezaron a sudar al mayor de los hermanos. Utilizó la risa como intento de disimular su nerviosismo. Por otro lado Marlon tomó aquella risa como una ofensa. Ambos se involucraron en una discusión que parecía no tener fin. Lo que en un primer momento fue una risa por parte de Oscar se había convertido en una burla y lo que en un momento fue una llamada de atención por parte de Marlon se transformó en una serie de insultos.

-¡Que te vas pa´ la mismísima mierda, concha tu madre!

¿Concha tu madre?... y se estaba insultando a sí mismo. Parecía estar a punto de rendirse pues las lágrimas no esperan nueve meses a nacer. En cuestión de segundos parpadeó intentando reprimir sus nacimientos encarcelándolas en sus ojos. La furia le había cegado la mente, no le dejaba organizar las ideas. Sólo atinaba a lanzar una serie de improperios mentando a la madre de su único hermano, que a su vez venía a ser su propia madre.

-Si huevón, te la pegas de payaso. ¡Ya deja de reirte mieeerrrda!- gritó casi quedándose afónico.

La tensión creció, ninguno de los dos cedía y la agresividad aumentó súbitamente

De repente sucedió: La cólera había llegado a su máxima expresión. Marlon cogió todas sus canicas, las vació de las botellas en donde las guardaba y las arrojó con odio hacia al suelo. Les dio la espalda a todos y empezó a correr sin detenerse y sin rumbo definido. En su mano aun tenía la canica del juego. A una distancia cerca del imposible  la tiró de reverso  y sin  regresar a mirar. La tiró muy duro. Aún así la esfera demoró una eternidad en caer. Lentamente su esferita se acercó ya sin fuerzas  a la canica de su hermano y casi rozándola le dio un beso agónico.

¿Pepo?, se preguntaron incrédulos unos a otros los chicos del barrio y después de asimilarlo lo gritaron: ¡Pepo, Pepo!

Marlon aún no estaba tan lejos, sabía que debía de seguir corriendo, pensó en fugarse. Eran las diez de la noche cuando a toda prisa dobló la esquina sin saber que había sido el ganador del más grande de los duelos del juego de las canicas que alguna vez se realizó en las calles  de Cossio del Pomar. Por esos tiempos Marlon apenas tenía ocho años de edad pero se veía de seis y se comportaba de cuatro. Sin lugar a dudas era un fiel partícipe de las temporadas de juegos infantiles creados por varones para varones.


...

Ninguno de los chicos del barrio imaginó en ese momento que dos meses después el juego de las llantas se impondría al de las canicas por una larga temporada.



viernes, 26 de octubre de 2012

Valicho


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-Nadie se alegró cuando naciste- 
Me confesó mi tía Micaela.
Yo solo tenía cinco años.

Mamá no me quiso a sus quince años. Pero me engendró a sus dieciséis. Mamá no me quiso a los treinta ni a los cuarenta pero es posible que sí lo haya hecho a los sesenta y cinco, justo en su último año de existencia.

Siempre dijo que yo era valiente. Su rostro formaba una expresión de tristeza y disgusto  cada vez que me lo repetía. Las arrugas que le bordeaban los labios se le hacían más notorias y las de la frente -¡Tan sombrías!- solían indicarme cuan grande era su amargura.

No recuerdo haber recibido alguna muestra de cariño por parte de ella, ni un solo beso, ni siquiera en la frente. Pero justo antes de su muerte ella evocó un recuerdo inesperado, tal vez fue un delirio o quizá fue su subconsciente tratando de enmendar una parte de todos los errores que cometió. Aunque a esas alturas todos los intentos por hacer menos triste mi pasado resultaron inútiles.

Me despertó a las tres de la mañana con un grito espantoso, un lamento que de seguro le salió de las entrañas. Sudaba frío. En la oscuridad de su habitación me miró arrepentida con un par de lágrimas recorriendo su rostro completamente ajado y tomándome del brazo con sus dos manos temblorosas me hizo saber que en una ocasión, cuando yo apenas daba tres pasos y no sabía hablar se acercó a una de mis mejillas y la besó. Me dijo que me había besado sin la desazón en el alma que siempre la acompañaba.

- Mientras que envolvía tu cuerpecito- continuó

Cayeron al suelo las dos únicas lágrimas que le vi en toda mi vida. Me contó que me abrazó fuerte, tan fuerte que en aquel momento mis costillitas le advirtieron que debía soltarme, y luego su cerebro le ordenó a su corazón que debía retirarse, ausentándose así por muchas décadas.  

–Eras un niñito muy flaquito y moquiento- Me había susurrado al oído- sobre todo moquiento.

Ninguno de los dos pudo dormir esa madrugada y no porque así lo hubiésemos deseado. Sino porque al parecer ella se había obstinado en dejar de existir. Fue minutos después de que dejara de apretarme los brazos, mucho después de haberse limpiado aquel par lágrimas rebeldes y de que su silencio se volviera ensordecedor.

 A sus sesenta y cinco años mamá adquirió la tendencia de olvidar casi todo, menos su eterna deuda conmigo, esa falta que  en ésta ni en ninguna otra vida llegaría a corregir. Al parecer aquella madrugada mamá olvido hasta de respirar y cuando intentó recordar como se hacía prefirió guardar su energía en el rincón más desusado de su mente y así sin dar siquiera un suspiro la vi desaparecer, extinguirse, ya no estar para  siempre.

Fue raro. Ella estaba muerta y yo seguía vivo, sin sentir nada. 



miércoles, 24 de octubre de 2012

Rojo sanguinolento


Entre el campanear de la misa de las nueve y el momento en que el humo de incienso que invadió por completo la iglesia del perpetuo Socorro, Jie Lee empezó a sangrar de la entrepierna, primero distraída, sin darse cuenta, sólo algunas gotas y luego alarmada, al sentirse incómodamente mojada y percatarse de que un color rojizo iba adueñándose de su vestido blanco. 

Estaba sentada en un extremo de una de las tantas bancas ocupadas por un gran número de fieles devotos y jugaba  distraída con la cruz del rosario heredado de su abuela materna hasta el momento en que el miedo la invadió por completo. 

Con desesperación apretó muy fuerte la palma de su mano derecha en su boca para evitar que se escucharan sus gritos quejumbrosos y  posó, casi temblando, la mano izquierda en la entrepierna como un intento de ocultar lo inocultable.

Jie lee, de piel clara había palidecido al extremo de que sus labios originalmente rosados se encontraban de un color asemejado al de los muerto. Se puso témpano, rígida como glacial pero la lava de su volcán seguía su curso imparable.

Fue viernes santo el día en que por primera vez pensó que a diferencia de todas las mujeres ella llevaba un infierno en su interior. 



viernes, 28 de septiembre de 2012

Piura es una loca que baila,
una loca quejosa
porque el sol cae sobre su cabeza.
Quejosa
porque el calor no es eterno
y el sol se oculta en días como este.

Piura es una loca sensible,
una madre desierta
que llora por un niño extranjero...
un niño ingrato.

Piura: mi gran bailarina
que danza descalza y borracha
por un poco de chifle
y varios potos de chicha.

Voluptuosidad

Quieta,
muy quieta
como la sombra de la roca en la que se solía sentar.
Sola,
muy sola
como la misma roca pero sin sombra.

"¿Qué queda por dar?"
preguntó justo cuando el atardecer expiró
y luego de esa, su interrogación,
suspiró: Detoya.
Casi resignada, casi rendida: Deltoya
Con pocas fuerzas
pero no sin ellas: Deltoya.

La mirada empecinada razonó
y en el vuelo imaginativo se extravió.
Perdidos una vez más y viceversa
nuestros muros  gritaron: ¡MÁS-TURBACIÓN, más!



Correlativo

Dos personas
compran tres libros
cerca del Cuarto Puente.

Tienen cinco horas para leerlos.

Han tomado seis cafés bien cargados,

pero ya es tarde: son las siete.

Se han quedado dormidos en la página ocho

y su examen es a las nueve y media

¿lograrán sacarse un diez para por fin aprobar el curso?

sábado, 15 de septiembre de 2012

A mis felinos lectores


Antes de llegar al óvalo Cuadrado, por la calle Sin Salida: Existe un edificio de quince pisos y catorce techos. Todas las personas que habitan ese edificio son hombres de diferentes edades. Todos, sin excepción, se llaman Carlos.

En las noches se origina una gran confusión dentro del edificio cuando Carla, una anciana de ochenta y tres años, pasa religiosamente por el lugar y grita ¡Carlos! 
La mayoría de los Carlos piensan que está loca o que disfruta creando tal alboroto.

En el último piso del edificio de  los hombres que llevan el mismo nombre, vive un anciano que sufre de insomnios y de alucinaciones, así que duerme poco y sueña mucho. Vive en compañía de un gato. Hoy le ha contado a su gato sobre una mujer llamada Carla a la cual amó, ama y jura con aires futuristas que seguirá amando. Hasta el día de hoy aquel anciano espera poder oír la voz de aquella mujer  pronunciando su nombre.
Como no podía ser de otra manera el anciano se llama Carlos, ha quedado sordo pero cree que no. El gato se llama igual que tú. Tú has sido convertido en gato y también creerás que no.  




  

sábado, 14 de abril de 2012

Epístola a mi cleptómana


Mi compañera y cómplice, ladrona por antonomasia, que robaste de mí más de un suspiro y que invisiblemente sigues robando, cual ladrón roba las monedas caritativas a un ciego mendigo. Qué será de nosotros, qué será, hoy que somos nada, hoy que las miradas se caen por el peso de la angustia y que por sapiencia sabemos que los besos y abrazos no sabrán ni se sentirán igual a la distancia.

Qué dirá la banca en la que nos solíamos sentar al ya no sentir nuestros cuerpos encima: el tuyo sobre del mío, el de los dos sobre la banca y así todo sobre el concreto, sobre la tierra y el universo.

Ya no habrá motivo de recorrer las cuadras que solíamos recorrer, ni soltarnos las manos al ver pasar a algún conocido que en realidad seguiremos desconociendo; Y mucho menos -por desgracia- volver a intercambiar la piel bajo la mesa, escondidos como prófugos, como si amarnos fuera ilícito, ilegal. Vaya que lo fue, sólo para el resto.

Ciertamente, pertenecemos con orgullo a esos amores clandestinos, siendo resistentes a nuestros alrededores que por infortunio intentaron, sin darse cuenta y sobre todo sin conseguirlo, desmembrar nuestros te quiero tejidos en versos bajo el matiz oscuro encerrado en nuestro inubicable rincón, sin más luz por la rendija que una tenue proyección de la luna llena que estoy seguro recordarás hasta tus últimos días, porque será esa misma luna la que volverá a salir una y tal vez, infinitas veces más para recordarte lo gratificante que es ser.

Sólo queda decir que después de todo, por fin logro entender y comparto tu esmero, cuando intentabas no desentonar al cantar cierta canción que ha terminado por resumir el motivo de nuestra imcertidumbre. Ahora la verdad es que también, yo no sé mañana, si estaremos juntos, si se acaba el mundo.

Pd: Espero quizá, volverte a encontrar, no importa si en las 6 vidas siguientes.

lunes, 9 de abril de 2012

Franqueza

No esperes de mi voz un poema de amor, a ti no te quiero mentir, no creo que te gusten las mentiras tanto como a mí. No esperes que diga -por ejemplo- que tu sonrisa ilumina mi camino en las noches de invierno sombrió cuando todo parece perdido...

Seamos quienes somos detrás de tanta exageración, verás entonces que por fin nosotros mismos podemos ser poesía.

Cuarto movimiento: La realidad

Cincel, me vuelvo duro como una roca
si no puedo acercarme ni oír
los versos que me dicta esa boca.
Y ahora que ya no hay nada, ni dar
la parte de dar que a mí me toca,
por eso no he dejado de andar.

Buscando mi destino
viviendo en diferido
sin ser, ni oír, ni dar.
Y a cobro revertido
quisiera hablar contigo
y así sin-to-ni-zar.

-EXTREMODURO-


Incertidumbre




Dime en qué piensas dulce princesa, mientras escucho tu ruidoso silencio y caen como suicidas miles de palabras al suelo.

martes, 27 de marzo de 2012

Versos a Madira



Desde la epiglotis
hasta el corazón
estás.
Oh Madira de carnes, de huesos.
Estoy
fúnebre de los ladridos abyectos
Ya sin seso, ya sin razón.

Igual busco sin finar
sin descorazonarme
y -por ahora- sin ti
que el cálido aliento en los oídos
dicte la contracorriente
mía.


martes, 13 de marzo de 2012

Unisolo




Y tuve alguna
vez, VES:
Un único orificio nasal,
por el cual podía respirar, VIVIR, inhalar;
media boca,
que a duras penas
intentaba BE-r-SAR;
y un ojo,
un solo ojo que se abría
para a tu único ojo mirar.
Y tuve otra vez, VES
la idea de que eso bastaba.